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Irma Flaquer Azurdia
16 de octubre de 1980

Caso: Irma Flaquer Azurdia



Investigación Previa:

1 de septiembre de 1997
June Erlick

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SINOPSIS

El 31 de enero de 1980 la Embajada de España en Guatemala fue asaltada por campesinos militantes. Se desató un incendio en el que murieron muchas personas. Posteriormente, el embajador español, quien sobrevivió, culpó al Ejército por el incidente e hizo que su gobierno rompiera relaciones diplomáticas con Guatemala. Un solitario sobreviviente de los campesinos fue secuestrado de su cama de hospital y asesinado. Nadie fue condenado jamás. Fue uno de los muchos ejemplos sobre impunidad de la década de los ochentas.

Irma Flaquer Azurdia, columnista, escritora y periodista ocasional de radio, se encontraba con su grabadora entre los reporteros y mirones que presenciaron el asalto. Grabó todo el incidente, incluyendo el escándalo de los soldados derribando puertas, rompiendo cristales y gritando órdenes de tomar la instalación diplomática. Le vendió la cinta a una radiodifusora europea. Amigos y familiares reportaron que estaba indignada por lo que sucedió en la embajada.

En la Centroamérica de la década del 80, nadie era inmune a la violencia. En Guatemala, mucha gente pensaba que las noticias de masacres y asesinatos eran muy exageradas o actos de delincuentes comunes. Había quien veía la violencia como el desafortunado, pero necesario intento de salvar al país de los "terroristas comunistas".

Cuando Flaquer fue secuestrada y su hijo asesinado en 1980, los periódicos estrictamente le dieron al suceso los encabezados de primera plana. Publicaron citas condenatorias de la Cámara de Periodistas Guatemaltecos, de la Sociedad de Periodistas Guatemaltecos y de la Sociedad de Alumnos de la Universidad de San Carlos. Reprodujeron las palabras del vocero presidencial Carlos Toledo Vielman.

Pero la prensa no se sintió libre para investigar. Nadie publicó información de los testigos oculares ni trató de interrogar a los médicos que operaron a su hijo herido. El tema desap a reció de la prensa a los pocos días. Periodistas de aquella época confesaron que les daba miedo cubrir la noticia del incidente fuera de las declaraciones oficiales.

Jamás alguien ha sido formalmente acusado, procesado o sancionado por la muerte de Fernando Valle Flaquer y la desaparición de Irma Flaquer.

Nadie puede ser condenado ahora debido a la amnistía que perdona delitos cometidos antes de 1985. Guatemala, tal vez por su guerra civil, ha tomado un camino diferente al de su vecino Honduras, donde 14 oficiales militares han sido acusados por violaciones a los derechos humanos cometidas en la década anterior.

Un ciudadano guatemalteco, Edgar Alfredo González Martínez, ha demandado civilmente a cinco exjefes de Estado, incluyendo a Romeo Lucas García, quien fue presidente durante la época en que desapareció Flaquer. González pide 30 años de prisión y 300 millones de dólares de indemnización por daños y perjuicios para las familias de los asesinados en masacres durante esos regímenes.

EL CRIMEN

El 16 de octubre de 1980, Irma Flaquer fue a la fiesta del cuarto cumpleaños de su nieto Fernando. Comentan los amigos, que esa visita también fue como para despedirse de su hijo Fernando, su esposa, Mayra Rosales, y el pequeño. Pensaba viajar para Nicaragua al día siguiente. Según un pariente, ella y Fernando hicieron una breve parada en el camino de regreso a su departamento, parada que le parecía importante.

Como a una cuadra, dos vehículos incerceptaron su auto, uno de frente y el otro atrás. A Fernando le dispararon en la cabeza. Irma Flaquer comenzó a gritar, "un doctor para mi hijo, un doctor para mi hijo", y enseguida la sacaron del coche tirándole de los cabellos, la amordazaron y la metieron a empujones en uno de los vehículos. El vehículo, descrito como un Jeep o una furgoneta, se esfumó.

La sangre encontrada en el asiento de su vehículo, al parecer, era suya, porque no correspondió al tipo de sangre de su hijo. Fernando murió varias horas después en un hospital de la ciudad. Ella nunca fue encontrada viva ni muerta.

Aunque ya se había asesinado a muchos periodistas, líderes sindicales, maestros y alumnos, en lo que los guatemaltecos denominan los "tiempos oscuros", Flaquer fue la primera mujer blanca, profesional de clase media que desapareció y presumiblemente fue asesinada.

En 1970 le arrojaron una granada de mano a su auto, hiriéndole la mano con la que escribía, dañándole el oído y llenándole el cuerpo de esquirlas que requirieron varias operaciones para ser extraídas.

Escribió un libro con motivo de lo que los guatemaltecos llaman "el bombardeo".

Con el título "A las 12:15, El Sol", el libro es una sorprendente oda al perdón. En su prólogo, dedicado a "Mi querido asesino", le escribe a sus agresores: "Les he hecho daño, mucho daño. La violencia de mis artículos periodísticos les hizo desear mi muerte. Ellos provocaron más violencia que la que ustedes ya habían padecido y los convirtió en asesinos. A lo mejor no debían sentirse culpables porque suele suceder que los poseídos por el odio sólo son víctimas de las circunstancias de su vida. Producto de circunstancias adversas. Por su propio dolor, se convierten en verdugos de otros".

Según relatos de varios periodistas, ella fue una mañana al Congreso, con el libro en la mano, a visitar al diputado Oliverio Castañeda, supuestamente el cabecilla de varios escuadrones de la muerte en la década de los 70. Le leyó el prólogo de su libro, empezando con la declaración: "Como has escuchado, he perdonado a mi asesino".

A dieciseis años de su desaparición, amigos, colegas e incluso enemigos políticos del pasado recuerdan sus largas uñas y delgadas piernas. Hablan sobre su lechuza y perrito. Conjeturan sobre lo radical que se volvió cuando todas y cada una de las puertas de la protesta convencional le fueron cerradas en su cara. Se preguntan porqué no se habrá ido del país a pesar de las repetidas advertencias. Y recuerdan sus textos sarcásticos y su ingenio amargo. Era imposible silenciarla.

Durante muchos años, un velo de silencio rodeó la desaparición de Flaquer. Hablar de su secuestro, insinuar la participación militar, incluso recordar el hecho, podía incitar peligro. Y los primeros años, por lo menos, siempre existía la esperanza de que apareciera. Hacer acusaciones podía poner en riesgo su vida, si en realidad vivía.

Entender su vida y su probable muerte es comprender la violencia institucional que sofocó las voces y finalmente la vida de tantos periodistas, entre otros, durante la década de los 80. Es, según palabras de Ronalth Ochaeta, director de la Oficina de Derechos Humanos del Arzobispado "una forma de devolverle la dignidad al país. Si no hay pasado, no existe el presente. Y si no hay presente, no habrá futuro".

ACTIVIDADES PROFESIONALES

Flaquer nació en 1938, hija de Fernando Flaquer y Olga Azurdía. El era un productor catalán de operetas y zarzuelas; ella, una prometedora cantante de ópera guatemalteca. Pasó gran parte de su infancia en el extranjero, viajando con sus padres quienes tenían funciones en todo Centro y Suramérica. Andando de país en país, tuvo poca educación formal pero observó en carne propia de primera mano la miseria y la pobreza de la región. También vivió varios años en México, donde los ideales teóricos de la revolución mexicana seguían potentes.

Regresó a Guatemala de jovencita. Era bastante mundana para una chica guatemalteca y muy bella. Al poco tiempo conoció a Fernando Valle, prometedor arquitecto. Se casaron y tuvieron dos niños, Fernando y Sergio. Pero la pareja se divorció pronto.

Mantenía buenas relaciones con sus hijos, aunque solían vivir con su papá y sus abuelos.

Empezó a trabajar como periodista independiente, y se mantenía escribiendo artículos y comentarios de radio. Siempre estaba en busca de la verdad. Un artículo en particular — nadie parece recordar de qué se trataba — enfureció tanto a un político que mandó a tres mujeres del mercado para que la lincharan.

Golpeada y ensangrentada, Flaquer se presentó en el diario La Hora. Había oído hablar del periodista Clemente Marroquín y quería que él le tomara fotos y documentara su golpiza. Según su hija Marina, Marroquín contrató a la periodista de inmediato.

Inició una columna denominada "Lo que otros callan" en la que exponía sobre temas como la corrupción política, la opresión de los indígenas y la difícil situación de los pobres.

Ella y sus hijos llamaban "abuelito" a Marroquín. Cuando éste se convirtió en vicepresidente, ella trabajó como secretaria de prensa de Sara de Méndez Montenegro, esposa del presidente Julio César Méndez Montenegro, líder del Partido Revolucionario.

El Partido Revolucionario era centro-izquierdista. Flaquer esperaba que como activista, podría ayudar a resolver los pro blemas sociales del país. Siguió escribiendo su columna en La Hora.

Entre 1966 y 1970 viajó con frecuencia, como periodista y como miembro del Partido Revolucionario, a la región occidental de Guatemala. Subía y bajaba el Río Motagua en un bote de motor para tomar fotos de los cuerpos que flotaban en el agua.

Le mostró las fotografías de los cuerpos abotagados a funcionarios del gobierno en la Ciudad de Guatemala, incluso al Ministro de Defensa Rafael Arriaga Bosque. En forma acalorada, les dijo que las víctimas no eran guerrilleros, sino miembros del Partido Revolucionario. En su típico tono sarcástico, le pidió a los funcionarios que tuvieran la decencia de matar a tiros a sus adversarios políticos en vez de torturarlos hasta la muerte.

En 1970, tras un atentado con una granada que casi le costó la vida, Méndez Montenegro le dio dinero para vivir exiliada en El Salvador. Regresó al mes, diciendo que no soportaba vivir fuera de Guatemala. Reanudó su columna en La Hora y su trabajo como secretaria de prensa y empezó a estudiar leyes en la Universidad Jesuita Rafael Landívar.

Su profesor, el sacerdote jesuita Carlos Amann, la recuerda como una alumna combativa y brillante pero que no tenía madera de abogada. Cambió la abogacía por la sicología y obtuvo una licenciatura. Abrió una clínica particular, pero al año siguiente la cerró cuando vio que sólo le servía a "los ricos con neurosis".

Poco después del atentado con la granada, se fue a trabajar con Carlos Girón Lemus en el diario La Nación, donde llegó a ser asistente editorial. Por poco tiempo publicó su propia revista, la cual se imprimía en La Nación.

En sus artículos a principios de la década del 70, Flaquer luchaba por los conceptos de pacifismo contra los de violencia y por la forma en que debían ser respetados los derechos humanos individuales. A veces la catalogaban de "izquierdista", pero sus artículos no podían etiquetarse fácilmente.

Sus artículos más fuertes daban nombres y acusaban a funcionarios públicos de corrupción, viajes excesivos y otro tipo de abusos. Pero no temía disculparse. En uno de ellos, por ejemplo, reconoció que su información no era correcta en el caso de un escándalo que involucraba a un congresista.

Un compañero periodista, quien pidió el anonimato, consideró que su postura sobre la toma de la Embajada de España fue "la gota que derramó el vaso". Una cosa era escribir artículos incisivos y otra, dañar la imagen de Guatemala en el extranjero.

Su política siempre fue difícil de definir; siempre estaba del lado de la justicia, pero no necesariamente a la izquierda o a la derecha. Tenía amigos en todos los segmentos del espectro político, y eran más que simples contactos periodísticos.

Por ejemplo, mantenía estrecha amistad con el arzobispo Mario Casariego, prelado conservador muy conocido por una fotografía en la que aparecía bendiciendo automóviles de la policía donados a Guatemala por Estados Unidos. También tenía amistad con el ministro del Interior, Donaldo Alvarez, compañero de escuela de su exesposo y amigo cercano de su hermana. El jefe de Policía Valiente Tállez le dio incluso una pistola para su protección personal, según le contó a un amigo cercano.

Las amistades con gente poderosa le permitieron sentir cierta inmunidad. También pudo haberse sentido protegida porque, de hecho, tenía tres puestos públicos. Por sus relaciones con el gobierno, era directora sustituta de la compañía de electricidad y miembro de la Comisión de Política Criminalista y Prevención de Delincuencia Juvenil del Ministerio del Interior. También era sicóloga del sistema penitenciario.

Amigos y colegas comentaron que ella no consideraba que era contradictorio trabajar en el gobierno y también como periodista.

Como la violencia generalizada se incrementó en 1980, Irma Flaquer empezó a exponerse más continuamente. El sistema parecía derrumbarse pero ella seguía creyendo que podía hacer que funcionara. En diciembre de 1979, fundó la primera Comisión de Derechos Humanos de Guatemala, con amigos y conocidos que representaban una postura intermedia. Entre otros miembros estaban el líder laborista Israel Márquez y el coronel retirado José Luis Cruz Salazar. En julio, la Comisión de Derechos Humanos se rindió y varios de sus integrantes se exiliaron. Muchos de ellos, incluso Flaquer, habían recibido amenazas anónimas de muerte por correo y telefónicas.

Una vez comentó que sobre las amenazas le había dicho a Carlos Toledo Vielman, secretario de Información del presidente militar, general Romeo Lucas García. "Me dijo que me cuidara", le contó luego a un reportero.

Flaquer escribió un artículo cáustico para La Nación el 19 de julio de 1980, anunciando la disolución de la Comisión de Derechos Humanos. En retrospectiva, varios amigos y colegas consideraron a este artículo como la última "gota que derramó el vaso". Para Flaquer, quien insistía en escribir lo que otros no se atrevían, pareció haber muchas gotas derramadas.

En ese artículo, hablaba de su "profundo sentimiento de impotencia, frustración y hasta vergüenza", ante la disolución de la Comisión de Derechos Humanos. Se lamentaba de "la crisis de ruptura social en Guatemala, del casi absoluto olvido de los valores más elementales que nos distinguen, o debieran distinguirnos de las bestias".

Flaquer condenaba la "exagerada violencia social" que paralizó los esfuerzos de la Comisión en la defensa de los derechos humanos. Advirtió que la desaparición del grupo contribuía "a la confianza de aquellos que, con total impunidad, han asesinado a centenares de personas...".

Fue uno de sus últimos artículos. Ese mismo mes, el gerente editorial de La Nación, Girón Lemus le pidió que dejara de escribir temporalmente. Le dijo que no solo estaba arriesgando su vida, sino la de sus colegas. El edificio del periódico había sido amenazado de ser blanco de un atentado con bombas incendiarias.

Flaquer insistió en las declaraciones por radio. Varias fuentes afirmaron que su voz había sido distorsionada deliberadamente, pero que igualmente la inteligencia militar se había percatado de la treta. Había sido silenciada por escrito, pero siguió hablando. Le advirtieron de que si no era más moderada, le quitarían sus puestos en el gobierno. Respondió: "A mí no me compran. Hagan lo que quieran".

En agosto, le dio una entrevista a Shirley Christian, periodista en ese tiempo del The Miami Herald.

"Si quieres protestar por la dignidad de los seres humanos, en este país te llaman comunista. Soy tan comunista como Jimmy Carter, pero aquí, si te gusta Carter en vez de Reagan significa que eres de la izquierda", le dijo a Christian, y añadió: "Lo que es cierto es que Guatemala va a explotar tarde o temprano, quienquiera que sea el presidente de Estados Unidos".

Christian explica que volvió a revisar las citas con ella misma, para confirmar que podía publicar su nombre. Insistió en que la citara.

Las amenazas de muerte continuaron. A finales de agosto, Flaquer decidió salir del país. Le telefoneó a su antiguo profesor, el padre Carlos Amann, quien era profesor de la Universidad Centroamericana de Managua, y le suplicó que la ayudara. Según recordó el sacerdote, le habló a borbotones de las amenazas de muerte, de los horrores de estar atrapada, de estar acorralada en su cuchitril de departamento. Si salía, los militares la mataban, le explicó. El trató de tranquilizarla, porque suponía que los teléfonos estaban intervenidos. Siguió hablando. Por último, él le dijo que le buscaría un refugio y la llamaría al día siguiente.

Amann acudió a Violeta y Mario Carpio, amigos guatemaltecos de Flaquer, quienes estaban exiliados en Nicaragua. Ellos le dijeron que le darían casa y comida durante dos años o hasta que encontrara trabajo.

Entretanto, Flaquer le había llamado a la misma Violeta de Carpio, pidiéndole ayuda. De Carpio recuerda que sonaba "sumamente angustiada y perturbada". Le dijo que fuera de inmediato, pero nunca volvió a saber de ella.

Más o menos simultánea a la llamada desesperada a Nicaragua, Flaquer pidió una cita con el ministro del Interior,Alvarez. Le habían dicho que él había recibido un informe del Estado Mayor Presidencial, del servicio de inteligencia y de las fuerzas armadas, en el que se mencionaba su nombre. Quería saber qué decía el informe. Alvarez confirmó haber recibido el informe pero dijo que no lo había leído todavía. Ella le preguntó si debía quedarse en Guatemala o irse.

El respondió: "mira Irma si te digo que te vayas del país, vas a decir que el ministro del Interior te sacó. Si te digo que te quedes y pasa algo, vas a decir que no te advertí. Tú tienes que decidir, porque es muy personal".

Ella le dijo a Alvarez que no tenía dinero para el viaje. Alvarez, según tres fuentes diferentes, le entregó un cheque. Cuando vio el monto protestó: "Me estás dando suficiente para que me vaya y no vuelva".

Según un asociado, la versión de lo que le dijo Alvarez coincide con lo que Flaquer le contó a un amigo. Alvarez entonces rompió el cheque y le hizo otro por el doble.

Al no llegar a Nicara g u a , Amann la llamó a Guatemala. Se quebró en el teléfono. "Ellos me van a matar. Pero tengo deudas y tengo que depedirme de amigos. Usted cree que esto es fácil de dejar, pero no lo es. Antes tengo cosas que hacer".

Amann explicó que no preguntó quiénes eran "ellos"; supuso por el contexto de la conversación que se refería a la gente del Ejército. Nunca volvió a hablar con ella.

Siempre había hombres apostados frente a su edificio en el centro de la Ciudad de Guatemala. Le gustaba señalárselos a sus visitas. Por un lado, tenía mucho miedo y por el otro, se negaba a dejarse intimidar.

Una semana antes de ser secuestrada, Alvarez le telefoneó a su exesposo, Fernando Valle, y le dijo que le aconsejara a Flaquer salir del país inmediatamente. Alvarez le dijo a Valle que ya tenía pasaporte y boleto y que no debía perder tiempo.

Valle habló con ella ese mismo día. "Hay rumores de que nuestro hijo Fernando fue secuestrado", le dijo. "No hagas caso, mis fuentes me han confirmado que son puras mentiras para hacerme salir de mi departamento. Si salgo, me matan".

Le contó sobre la llamada de Alvarez. Ella le dijo que esperaba noticias de "los chicos de allá". El la encominó a salir de inmediato.

"FUERZAS SUPERIORES"

El ministro Alvarez le comentó antes a su exesposo que los asesinos eran "fuerzas superiores a él",según el mismo Valle y otras dos fuentes, por lo menos. Si bien es probable que Alvarez sepa quién estaba detrás del secuestro y presunto asesinato, hasta la fecha la SIP no lo ha podido ubicar. Se dice que vive en el área de la Bahía de San Francisco, en Estados Unidos.

Según Jennifer Schirmer, experta sobre asuntos militares de Guatemala en la Universidad de Harvard, Alvarez era del círculo de la elite que aprobaba semanalmente las listas de muertos. Los demás miembros del Centro de Reunión de Información y Operaciones eran el jefe de la Policía Nacional, coronel Héctor Montalbán, el mismo Lucas García, así como los jefes de Migración e Inteligencia.

Las constantes amenazas de muerte y vigilancia, además de la petición de Alvarez a Valle para que saque a Flaquer del país, parecen apuntar a los altos rangos militares y/o a la policía. La orden pudo haber llegado directamente de Lucas García, quien se sentía ofendido en lo personal por el artículo en La Nación y por aquello de "denigrar" a Guatemala.

Pero, ¿por qué secuestrarla el día antes de su viaje?

Hay varias teorías. En primer lugar, Flaquer sería una activa delatora fuera del país, escribiendo para publicaciones extranjeras. En segundo lugar, sabía mucho de Guatemala, de los políticos guatemaltecos y de la estructura militar guatemalteca. Otros más, afirman que ella — fuera del centro de acción y ya no pudiendo escribir para La Nación, ni trabajar con la Comisión de Derechos Humanos y con la amenaza de perder sus puestos públicos — había decidido colaborar con la guerrilla. De todos modos, ya sea que hubiera decidido compartir su información con la guerrilla o con la comunidad internacional de derechos humanos y la prensa, obviamente representaba una amenaza para la imagen exterior de Guatemala.

Si sabía que su vida peligraba, ¿por qué se quedó tres meses más tras suplicar ayuda para irse a Nicaragua? Ella le contó a varias personas que tenía deudas que pagar; a su exmarido le dijo que esperaba noticias de los comandantes nicaragüenses. Pero pudo haber pagado sus deudas desde el extranjero y pudo haberse encontrado con los comandantes, como le insinuó su exesposo, en cualquier esquina de Nicaragua.

Pero lo más probable es que estuviera esperando algún tipo de información.

El gobierno lamentó formalmente su presunta muerte. El vocero de prensa de la Presidencia, Vielman, declaró que "la accción criminal le afecta íntimamente al gobierno" por los puestos públicos que ocupaba. Informó que la policía había peinado el área donde la habían secuestrado, sin encontrar nada. La Sociedad de Periodistas de Guatemala demandó "que fuera devuelta a casa sana y salva". El mismo día condenó el asesinato del periodista Víctor Hugo Pensamiento Chávez.

La tía, la prima y la nuera empezaron a buscar cadáveres. Fueron llamadas a identificar cuatro cuerpos femeninos en el período de dos meses. Cuando la tía vio los pies pequeños de un cadáver calcinado, estuvo casi segura de haber encontrado a su sobrina. Regresó a la morgue con el dentista y el ortodoncista de Irma Flaquer para confirmar sus sospechas. Los dientes y la mandíbula no correspondían.

Después de eso, Mayra Rosales, viuda de Fernando, empezó a recibir amenazas anónimas. Como ella no iba a arriesgar la vida de su hijo y nieto de Flaquer, cesó en la búsqueda.

El exmarido de Flaquer, habló con militares conocidos para tratar de encontrar a la mujer desaparecida. Un militar, compañero de escuela, finalmente le aconsejó dejar de preguntar o correría el riesgo de que toda su familia sería asesinada. El también dejó de buscar y de preguntar.

Cuando asumió el general Efraín Ríos Montt, un artículo del guatemalteco asilado, José Calderón, publicado en el Excelsior de la Ciudad de México decía que Flaquer había sido vista viva, trastornada y terriblemente envejecida en una cárcel subterránea de la casa de Alvarez en la Ciudad de Guatemala.

La familia llamó de inmediato a México. Calderón, quien en 1996 ya no vivía, aclaró entonces que él no había visto a Flaquer pero que "varias fuentes" le habían dicho que estaba viva.

¿Quiénes eran esas fuentes?, imploraron. ¿Cómo podían encontrarla? Calderón no tuvo respuestas. Los familiares estaban furiosos; ya se habían resignado a su muerte. Fernando Valle, arquitecto, recordaba que la casa de Alvarez no tenía sótano. En fecha posterior, un juez expidió un documento del tribunal constatando la inexistencia de la cárcel secreta. Sin embargo, ni los periodistas ni nadie fue autorizado a estar presente cuando se revisó la casa.

Actualmente se escuchan tres hipótesis respecto al secuestro y probable muerte de Flaquer.

La primera, adoptada por la Embajada de Estados Unidos en ese tiempo, responsabilizó del secuestro a la guerrilla. Esto parece sumamente improbable. La guerrilla no habría podido llevar a cabo la vigilancia tan pública de su casa, ni el operativo tipo militar con el que fue secuestrada. Esta teoría no respondería a la intimidación posterior de su familia por parte del Ejército, cuando buscaban el cuerpo. Además, si la guerrilla hubiera realizado el secuestro y, con toda probabilidad, el asesinato, lo más probable es que hubiera proclamado sus actos y denunciado a las víctimas por traición o engaño. Eso habría sido el patrón normal. El exembajador de los Estados Unidos en Guatemala, Frank Ortiz, a firmó que no cree que la guerrilla estuvo involucrada en el homicidio.

La segunda es que el ministro del Interior, Alvarez, fue el responsable. En este argumento influye la información del Excelsior y, por otro lado, su reputación como personaje inhumano del régimen de Lucas García. Los defensores de esta teoría, se refirieron a sus repetidos intentos por salvar a Flaquer, simplemente explican que cuando no pudo lograr que se fuera del país, habría decidido hacerlo matar. Pero la hipótesis de que Alvarez es el autor intelectual detrás del asesinato de Flaquer parece improbable, tanto por los cercanos lazos familiares como por lo que parece ser un sincero intento de ayuda.

La tercera hipótesis es que el Estado Mayor Presidencial — tal vez junto con el jefe de la Policía Nacional, Chupina — decidieron secuestrar a Flaquer. Alvarez pudo haber sabido quién era el autor intelectual del crimen, pero él no participó ni en la planificación ni en la ejecución.

CRONOLOGIA: IRMA FLAQUER AZURDIA

1958:
Irma Flaquer Azurdia es golpeada por tres mujeres furiosas del mercado, aparentemente en represalia de algo que escribió. El editor de La Hora, Clemente Marroquín, la contrata. Inicia su columna "Lo que otros callan".

1966-1970:
Trabaja como secretaria de prensa de Sara de Méndez Montenegro, esposa del presidente César Méndez Montenegro. Continúa escribiendo sus artículos para La Hora.

1970:
Es seriamente lesionada cuando una granada de mano le es arrojada a su auto. Por razones de seguridad, su hijo menor, Sergio Valle Flaquer, nacido en 1957, es enviado a Israel a vivir en un kibbutz.

1971-1980:
Escribe el libro "A las 12:15, El Sol" en el que perdona a sus asesinos. Inicia una columna para La Nación bajo la dirección de Roberto Girón Lemus. Llega a asistenta de dirección.

Enero. 31,1980:
Campesinos militantes y estudiantes toman la Embajada de España. Treinta y un manifestantes, entre funcionarios públicos y diplomáticos extranjeros mueren cuando la embajada es asaltada e incendiada. Flaquer vende su grabación de los incidentes a una radiodifusora europea.

Febrero:
Las amenazas aumentan. Establece una comisión de derechos humanos que entre sus miembros incluye al líder laboral Israel Márquez y al coronel retirado José Luis Cruz Salazar.

Julio:
La comisión de derechos humanos se disuelve y sus miembros, con su excepción, se exilian.

Agosto 23:
Llama por teléfono al jesuíta guatemalteco, César Amann, en Nicaragua. Le dice que quiere ir para allá inmediatamente.

Fecha incierta:
El ministro del Interior, Donaldo Alvarez, le avisa que su vida peligra.

Octubre:
El ministro Alvarez le dice a Fernando Valle Avispe, su exesposo, que le avise que su vida está en peligro y que no puede hacer nada para protegerla si no se va del país.

Oct. 16, 1980:
Flaquer es secuestrada y no se le vuelve a ver. Su hijo mayor, Fernando, es herido durante el secuestro y muere a causa del mismo atentado.

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