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Pablo Pineda Gaucín
20 de abril de 2000

Caso: Pablo Pineda Gaucín



A pocos extrañó el asesinato del periodista Pablo Pineda.:

20 de abril de 2000
Alejandra Xanic (URR-SIP)

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20-4-2000


A pocos extrañó el asesinato del periodista Pablo Pineda. Policías, compañeros reporteros, directores de periódicos locales y su misma familia presumían que eso iba a suceder. "Cuídate, Pineda", escuchaba su esposa Rosi Solís, cuando salían juntos de paseo.

Algunos, porque miraban con espanto las imágenes crudas y desinhibidas que todos los días publicaba en el diario La Opinión. "No se medía; ese tipo no se tocaba el corazón", dice Carlos Gómez, que bolea zapatos en el mercado y tiene siempre el diario a la mano para sus clientes. Fotos de atropellados, suicidas, vendedores de droga, funcionarios a los que señalaba como corruptos, violadores, mujeres violadas.

Otros porque estaban convencidos de que el periodista de 39 años se codeaba con la mafia de esta ciudad fronteriza. Ya fuera porque desconfiaban que alguien con el salario de un periodista pudiese vivir como él, o porque seguían las notas en otras publicaciones, en las que a menudo era protagonista. "Pineda ‘patero´", "Pineda narcotraficante", cabezas en la revista Polémica y el vespertino El Imparcial. "Él no andaba bien, se la buscó", sentencia un editor del diario La Opinión, para el que trabajó ocho meses.

Pablo Pineda Gaucín era un hombre de alto contraste. Generoso y tirano. Leal y vengativo. Como periodista era también juez, abogado. Fue hallado muerto el domingo 9 de abril del 2000 por agentes de la Patrulla Fronteriza de los Estados Unidos. Su cuerpo, atado de pies y manos, estaba envuelto en un saco de dormir; su cabeza estaba cubierta con una bolsa de plástico, y tenía un disparo de bala calibre 9mm en la base de la nuca. "La muerte fue al más puro estilo del narco", dijo el sheriff de Brownsville, Texas, Omar Lucio, a quien correspondió hacer las primeras indagatorias del caso.

El cuerpo de Pablo Pineda llegó a Matamoros el lunes, y fue sepultado. A una semana del suceso nadie insiste en que se investigue el homicidio.

El rastro de Pineda

El reportero policiaco Martín Castillo, fue una de las últimas personas en verlo. Estaban en las oficinas de la policía ministerial instaladas a dos puertas del diario La Opinión, en la última ronda en busca de información, la noche del sábado 8 de abril. Pineda contestó una llamada de su teléfono celular, parecía ser de algún conocido. Le dijo a Martín que volvería más tarde, todavía tenía pendientes de entregar las fotografías para la edición, y se retiró en su Grand Marquis 92.

Alguien más lo vio a eso de las once de la noche en la estación Ramírez cubriendo un operativo policiaco de desarme, sabe su esposa Rosi Solís de Pineda. "Entonces pudo ser que como es un tramo despoblado y la carretera es oscura, o lo siguieron o lo emboscaron", cree. Él había quedado en llevarla a cenar fuera esa noche, pero no llegó.

A las 2:30 horas del domingo, dos oficiales de la Patrulla Fronteriza que vigilaban un tramo de frontera, notaron que dos autos se detuvieron en la rivera mexicana del Río Bravo y que tres siluetas bajaron de un vehículo un gran bulto, y cruzaron el río con él a cuestas. Convencidos de que se trataba de un cargamento de droga, y que alguien se presentaría a recogerla, decidieron esperar. Las siluetas dejaron el bulto en la rivera estadounidense y volvieron a México. Los agentes descubrieron a las 6:30 horas que se trataba de un cadáver.

Según el sheriff Omar Lucio, los homicidas llevaron el cuerpo a EU para complicar las indagaciones, pensaban que no serían vistos. No es la primera vez que sucede, hace unos años encontraron en el lado estadounidense a dos agentes de la Procuraduría General de la República, muertos. "Sabemos que el crimen no sucedió aquí (en los Estados Unidos), sino en México y allá es donde lo tienen que investigar", insiste Lucio. Algunos diarios publicaron la versión de que había señales de tortura en el cuerpo de Pablo Pineda, lo que Lucio no pudo confirmar. Según publicó Martín Castillo, esa llamada telefónica al aparato celular pudo ser el señuelo; fue hecha desde un teléfono público, lo que cancela la pista.

No era la primera vez

Pablo Pineda ya había sido víctima de ataques. Entraba a su casa en la zona residencial Valle Alto, la noche del 20 de octubre de 1999, cuando un hombre le disparó. Nueve balas quedaron incrustadas en los muros y en el auto, y Pineda salió ileso. Él decía recordar perfectamente el rostro de quien le disparó y estaba convencido de que el presunto narcotraficante Roberto Torres Torres, alias "El Muertero", ordenó el atentado. "Pensó que las traía contra él por lo que publicó", dice Rosi Solís: fotografías de la detención de Torres.

Un rato después del ataque, Pineda entró en el hospital donde tenían en custodia policíaca y en tratamiento médico a Roberto Torres y lo embistió. "Le quitó sondas, todo, y lo amenazó", cuenta un colega suyo. Dos días más tarde apareció muerto en el estacionamiento de un centro comercial, Héctor Fernando Torres de la Garza, "El Chachis", el joven gatillero que según Pineda, le disparó. En Matamoros se extendió el rumor y cundieron las notas en los vespertinos donde se aseguraba que Pineda lo mandó matar. El fotógrafo no fue investigado y fueron otras tres las personas consignadas por el hecho.

Tres años antes fue atacado frente a la funeraria Lozano, donde la semana pasada fue velado. Un par de desconocidos los atacó a golpes con varillas. Había también recibido llamadas de amenaza.

"Cuando íbamos por la calle la mayoría de la gente le decía: ‘cuídate Pineda’. Yo ya me estaba acostumbrando a eso", relata Rosi Solís, una mujer de gesto suave. "Desde el atentado, él cambió. Me cuidaba. Por las noches se hincaba, me besaba los pies y me pedía perdón. Me decía que a mis hijos los dejara ser: ‘no les cortes las alas, y si escogen un mal camino, apóyalos también’. Ya no me maltrataba, ya no había pleitos: ‘nada de discusiones, no vaya a ser que hoy no vuelva’, me decía. Pablo estaba seguro de que le iba a pasar y me fue preparando todo este tiempo". Después del atentado de octubre, Pineda cambió su rutina para estar más con su esposa y sus tres hijos y contrató un servicio funerario.

"Este es un lugar pequeño, aquí no puedes hacer nada que no vayan a saber los demás", dice un editor del diario El Bravo, convencido de que Pineda era deshonesto. "¿Cómo matan a los periodistas? Lo hacen en un lugar público, de día, generalmente frente al periódico", dice el editor de un diario donde trabajó, y del cual fue expulsado, según dice, por sospechas de robo y corrupción. "A él lo mataron como se matan entre narcos".

"Él me decía: ‘no soy monedita de oro, así como hay unos que me quieren, hay otros que me odian", dice Rosi Solís. Una caja abultada con fotos de su esposo está sobre el escritorio en el despacho que él tenía en casa. En el librero, junto a un par de libros de periodismo y un diccionario, están de pie dos fotografías. Pineda, su cara redonda, sonriente, sus manos adornadas con esos cuatro grandes anillos de oro que encontraron en el cadáver, empuñando un rifle de alto poder. Y Pineda de cuerpo completo y de perfil, disparando un arma corta en un campo de tiro. "Yo se los enmarqué. Él no sabía disparar, pero eran fotos que le gustaban".

Luces y sombras

Qué de su fama pública es verdad, es poco claro. Muchos colegas y funcionarios supieron de las supuestas ligas de Pineda con el narcotráfico y el tráfico de emigrantes indocumentados, sólo a partir de los artículos de otros periodistas, tan controvertidos como él.

Según las autoridades, el expediente criminal de Pineda está limpio. "No tenemos un registro de que esta persona estuviera involucrada en el tráfico de personas", dice Carlos Flores González, director de Protección a Migrantes, de la Secretaría de Gobernación. "Nosotros oímos que estaba involucrado en el tráfico, se oía, pero para nosotros no era un sospechoso a investigar", dice Ramiro de Anda, vocero de la Patrulla Fronteriza en McAllen, Texas. Según el sheriff Omar Lucio, su expediente en Estados Unidos está limpio. En las procuradurías de Justicia del estado y de la república, no hay tal cosa como un archivo donde conste el expediente criminal de los ciudadanos, pero los agentes en turno no recuerdan que se le hubiera investigado alguna vez por alguna actividad ilegal.

En Matamoros es difícil no tener tratos con mafiosos. Aunque ha crecido, el lugar es pequeño y de calles estrechas. Ellos tienen a sus hijos en las escuelas, van con sus familias a los mismos restoranes, llevan sus autos al mismo "Car Wash", y se divierten en el único complejo de cines y en el centro comercial al que todo el mundo va.

Además, la historia de la desértica e infértil Matamoros y de su gente, es una muy bravía, y ligada al juego, a la suerte, al tráfico ilegal. De vino, durante la prohibición en Estados Unidos, de armas, durante la Revolución, de drogas y personas, desde hace un par de décadas. Es casa de Juan N. Guerra, un hombre ahora viejo e instalado en una silla de ruedas que por muchos años controló la vida en la ciudad desde una mesa redonda en su pequeño restorán del centro, el "Piedras Negras". Era la versión norteña de "El Padrino"; maestro de muchos traficantes, tío de Juan García Ábrego, uno de los capos más poderosos del país que ahora está preso en una cárcel de EU. "Aquí hubo buena escuela de traficantes, sólo que en un tiempo no se veía mal", dice un historiador local, que como tantos aquí, temen ser nombrados.

"Es difícil no codearte con ellos, no relacionarte; lo único que tienes que hacer es no comprometerte", dice el director de un diario de la ciudad.

Aliento para el rumor

La nota editorial del lunes 10 de abril en La Opinión, destaca las virtudes de Pineda. "No le temblaba la mano para denunciar corruptelas entre funcionarios (... Ya una vez) escapó a las balas asesinas de quienes son enemigos del periodismo independiente y de la verdad". Pero al interior del diario hay disputas. Hay quienes intentan persuadir al dueño de que la de Pineda es una batalla que no debía pelear.

A Pablo Pineda se le recuerda como alguien impulsivo. Tan generoso como vengativo y cruel. Era un Robin Hood y un tirano, lo describe su esposa. "Era un pseudo periodista", lo describe Gonzalo Guerrero, agente del ministerio público federal. "Llegó a golpear a uno que otro agente y unos dicen que los amenazaba con la cámara", relata.

Defendía a los detenidos y buscaba sacarlos de prisión. Era generoso con los niños limpia-parabrisas de los cruceros. Cada semana ayudaba con 200 ó 300 pesos a la familia de un preso, y a un hombre en silla de ruedas que pide limosnas en una avenida de la ciudad. Pineda tomó las fotografías el día que lo atropelló el tren y perdió las piernas.

"Lo que dicen de él es por envidias", plantea el reportero Martín Castillo.

Su modo de vida es tal vez lo que más suspicacias alzó y lo que abona las sospechas. "Yo no sé con quién se metió, pero nadie que trabaje como reportero aquí puede vivir en Valle Alto y andar en carros nuevos. Él trae una camioneta Pathfinder, y cuatro autos de lujo nacionales. Hace unos tres años vivía en un departamento de interés social (del gobierno)", dice, a condición de no ser nombrado el director de un diario. Un miembro de La Opinión confía que Pineda solía repartir dinero a reporteros de varios medios: "venían aquí a la redacción, y él les daba dinero, supongo que a cambio de que no publicaran notas en contra de alguna persona".

"Nadie con un salario de reportero puede vivir como él", dice un compañero suyo de La Opinión. Él debía ganar cuando mucho 80 pesos al día en el periódico. Su cuenta diaria del aparato celular, oscilaba entre los 200 y los 300 pesos, según datos de la compañía telefónica.

Pablo Pineda sí compró una casa en una zona residencial, la misma donde los ricos y los traficantes tienen sus propiedades. Pero la que compró es una casa pequeña y amueblada con sencillez. Los autos Grand Marquis, y dos Crown Victoria, de ocho años de uso, y su Pathfinder nueva, están estacionados en la calle.

Pineda no tenía otro empleo, pero según su esposa, vendía publicidad para el periódico en la policía, y obtenía una comisión. El día del aniversario 28 de La Opinión, la única felicitación de plana completa, fue de la policía ministerial, que él y Martín Castillo, cubrían. Su esposa muestra un recibo azul de marzo por 500 pesos, otro más por casi mil, del mes anterior.

Además vendía ocasionalmente chatarra o autos usados. "Era muy luchista, muy trabajador". Según Rosi Solís, el último reporte que llegó a su casa reportó 353 dólares en su cuenta de cheques. "Dio la imagen ante todo el mundo de que ganaba mucho y gastaba más. Yo no sé si tenía más cuentas, o si lo han interpretado mal; el dinero le llegaba solo y le gustaba gastar, vestirse bien, que yo me arreglara, ir a buenos lugares, pero no tenía mucho", confía su esposa; ella imagina que ahora se dedicará a vender ropa y que instalará un puesto ambulante de comida. "Él me enseñó a luchar".

Motivos para su muerte

Sus colegas, reporteros de prensa y de televisión, no creen que el asesinato haya sido a causa de su trabajo, de las fotografías o las notas que publicó. Hace poco comenzó a escribir en el diario, y cuando lo hacía, firmaba junto con Martín Castillo. "Si fue por el trabajo, ¿por qué no me mataron a mí también?", se pregunta el reportero, preocupado.

Las fotografías y las notas que escribió en los últimos meses, no tenían un blanco recurrente. Sus últimos trabajos fueron una serie de imágenes del linchamiento y muerte a manos de estudiantes, de un policía municipal, y otra del entierro. Ocurrió una semana antes, en el Tecnológico de Matamoros. La policía entró a las instalaciones del Tecnológico y se enfrentó con un grupo de estudiantes que mató a golpes a uno de los agentes. "Así era Pineda, él se metió. No era como uno, periodista, que sólo mira, toma notas, toma fotos; él se metió a pelear". Intentó rescatar al agente sin éxito; el policía murió en la patrulla poco después. "Sólo esperamos que la justicia divina aplique la ley, pues de la justicia terrenal, nada se espera", publicó en su nota al día siguiente.

También dio seguimiento a un conflicto de infidelidad en una familia, y publicó fotografías de Eugenio Guadalupe Rivera Mata, alias "El Gordo Mata", que supuestamente vendía droga en las escuelas, y de sus cómplices.

Las penumbras en la vida y el trabajo de Pineda son grandes. "Yo no puedo decir que era un santo, no meto las manos al fuego por él porque yo no andaba las 24 horas con él", confía con serenidad su esposa, que estuvo casada con él 16 años. "Yo no sé si hubiera tenido trato directo con narcos... probablemente en las noches, que no venía a dormir tuviera que ver con ese tipo de gentes, pero no lo puedo asegurar ni negar tampoco. Lo que puedo asegurar es que no era un drogadicto, como dicen. Si él tuvo trato con esas gentes, o lo supo esconder muy bien, o yo fui muy tonta y no me percaté", dice, su hija de 16 años, a un lado.

Pineda era originario de Torreón, estudió contabilidad y fue por muchos años "gestor" en oficinas gubernamentales de Matamoros, y después trabajó como "coyote", legalizando autos importados al margen del gobierno y en contubernio con funcionarios que le facilitaban documentos de manera ilegal. "En ese tiempo ganaba buen dinero; sabía ganarse a la gente, era muy astuto", sonríe su esposa. A invitación de un amigo, comenzó a trabajar como fotógrafo en el diario local "El Imparcial". Siempre fue reportero de historias policíacas; invariablemente, era el primero en llegar a los accidentes y crímenes.

Investigación en pausa

El cuerpo de Pineda fue devuelto a México después de la autopsia, el lunes 10 de abril. Una familia de amigos les prestó una tumba para enterrarlo en el panteón Jardín, el único cementerio privado de la ciudad, donde están también enterrados los familiares del narcotraficante Juan García Ábrego y las familias acomodadas de la ciudad.

Así como el cuerpo, el sheriff de Brownsville espera transferir la investigación completa al gobierno mexicano. "Quisieron despistar para que pareciera que el homicidio sucedió aquí (en EU), pero sabemos por que los agentes lo vieron, que el crimen sucedió en México, y nosotros ya no tenemos nada que investigar", señala el sheriff texano Omar Lucio.

Las autoridades han indagado poco desde su muerte. Según Omar Lucio, las autoridades de Texas tomaron declaración a los agentes fronterizos e hicieron la autopsia. La policía en México se ocupó en buscar el auto Grand Marquis que utilizó esa noche Pablo Pineda, y que continúa desaparecido. No encontraron testigos en la rivera mexicana del Río, que pudiesen aportar más información. Los titulares de la semana en La Opinión destacan que la investigación está detenida.

Sus compañeros de trabajo no se atreven a compartir sus sospechas. "En esta ciudad no se dicen nombres", dice un reportero policiaco del vespertino "PM". "Yo no sé qué pensar. Me dijo que tenía muchos enemigos, por su trabajo, por su carácter. Él no sabía guardar la compostura, no sé, tal vez sea alguien al que hubiera humillado él...", dice su esposa.

Aunque conforme a las leyes mexicanas los homicidios son investigados aún sin una denuncia de por medio, la policía ministerial se dice detenida. "Nosotros estamos investigando, pero nadie se ha presentado a denunciar el hecho, ni siquiera la familia, vamos a ver qué va a pasar", dice Sergio Puig Canales, jefe de la policía ministerial en Matamoros.

Rosi Solís está determinada a no hacerlo. "Pablo un día agarra y me dice: ‘Si un día a mí me llega a pasar algo, nunca vayas a pedir justicia, porque nunca te van a hacer caso’. Yo le dije: ¿Por qué dices eso?. ‘Yo he afectado intereses de muchas personas. Sólo encomiéndate a Dios y a la justicia Divina y no hagas ningún trámite ante la procuraduría (de Justicia)’. Me lo repitió en unas seis ocasiones. Yo no le guardo rencor a los asesinos; sólo espero que Dios les tenga misericordia".

Pablo Pineda no es el primer periodista asesinado en Matamoros. En los años ochenta fueron victimados Ernesto Flores y Norma Moreno Figueroa. Su caso no fue esclarecido.

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